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194E-197E: DISCURSO DE AGATÃO

Martínez Hernández

»Yo quiero, en primer lugar, indicar cómo debo hacer la exposición y luego pronunciar el discurso mismo. En efecto, me parece que todos los que han hablado antes no han encomiado al dios, sino que han felicitado a los hombres por los bienes que él les causa. Pero ninguno ha dicho cuál es la naturaleza misma de quien les ha hecho estos regalos. La única manera correcta, sin embargo, de cualquier cosa 195aes explicar palabra por palabra cuál es la naturaleza de la persona sobre la que se habla y de qué clase de efectos es, realmente, responsable. De esta modo, pues, es justo que nosotros también elogiemos a Eros, primero a él mismo, cuál es su naturaleza, y después sus dones. Afirmo, por tanto, que, si bien es cierto que todos los dioses son felices, Eros, si es lícito decirlo sin incurrir en castigos divinos, es el más feliz de ellos por ser el más hermoso y el mejor. Y es el más hermoso por ser de la naturaleza siguiente. En primer lugar, Fedro, es el más joven de los dioses. Y una gran prueba en favor de lo que digo nos la bofrece él mismo cuando huye apresuradamente de la vejez, que obviamente es rápida o, al menos, avanza sobre nosotros más rápidamente de lo que debiera. A ésta, en efecto, Eros la odia por naturaleza y no se le aproxima ni de lejos. Antes bien, siempre está en compañía de los jóvenes y es joven, pues mucha razón tiene aquel antiguo dicho de que lo. semejante se acerca siempre a lo semejante. Y yo, que estoy de acuerdo con Fedro en otras muchas cosas, no estoy de acuerdo, sin embargo, en que Eros es más antiguo que Crono y Jápeto, sino que sostengo, por el contrario, que es el más joven de los dioses y siempre joven, y que aquellos antiguos hechos en relación con los cdioses de que hablan Hesíodo y Parménides se han originado bajo el imperio de la Necesidad y no de Eros, suponiendo que aquéllos dijeran la verdad. Pues no hubieran existido mutilaciones ni mutuos encadenamientos ni otras muchas violencias, si Eros hubiera estado entre ellos, sino amistad y paz, como ahora, desde que Eros es el soberano de los dioses. Es, pues, joven, pero además de joven es delicado. Y está necesitado de un poeta como fue Homero para describir la ddelicadeza de este dios. Homero, efectivamente, afirma que Ate es una diosa delicada —al menos que sus pies son delicados— cuando dice:

sus pies ciertamente son delicados, pues al suelo

no los acerca, sino que anda sobre las cabezas de los hombres.

Hermosa, en efecto, en mi opinión, es la prueba que utiliza para poner de manifiesto la delicadeza de la diosa: que no anda sobre lo duro, sino sobre lo blando. Pues bien, también nosotros utilizaremos esta misma prueba en relación con Eros para mostrar que es delicado. Pues eno anda sobre la tierra ni sobre cráneos, cosas que no son precisamente muy blandas, sino que anda y habita entre las cosas más blandas que existen, ya que ha establecido su morada en los caracteres y almas de los dioses y de los hombres. Y, por otra parte, no lo hace en todas las almas indiscriminadamente, sino que si se tropieza con una que tiene un temperamento duro, se marcha, mientras que si lo tiene suave, se queda. En consecuencia, al estar continuamente en contacto, no sólo con sus pies, sino con todo su ser, con las más blandas de entre las cosas más blandas, ha de ser necesariamente el más delicado. Por tanto, es el 196amás joven y el más delicado, pero además es flexible de forma, ya que, si fuera rígido, no sería capaz de envolver por todos lados ni de pasar inadvertido en su primera entrada y salida de cada alma. Una gran prueba de su figura bien proporcionada y flexible es su elegancia, cualidad que precisamente, según el testimonio de todos, posee Eros en grado sumo, pues entre la deformidad y Eros hay siempre mutuo antagonismo. La belleza de su tez la pone de manifiesto esa estancia entre flores del dios, pues en lo que está sin flor o marchito, tanto si se trata del cuerpo como del alma o de cualquier otra cosa, no se asienta Eros, pero donde haya un lugar bien florido y bien perfumado, ahí se posa y bpermanece.

»Sobre la belleza del dios, pues, sea suficiente lo dicho, aunque todavía quedan por decir otras muchas cosas. Hay que hablar a continuación sobre la virtud de Eros, y lo más importante aquí es que Eros ni comete injusticia contra dios u hombre alguno, ni es objeto de injusticia por parte de ningún dios ni de ningún hombre. Pues ni padece de violencia, si padece de algo, ya que la violencia no toca a Eros, ni cuando hace algo, lo hace con violencia, puesto que todo el mundo sirve de buena gana a Eros en todo, y lo que uno acuerde con otro de buen grado cdicen “las leyes reinas de la ciudad” que es justo. Pero, además de la justicia, participa también de la mayor templanza. Se reconoce, en efecto, que la templanza es el dominio de los placeres y deseos, y que ningún placer es superior a Eros. Y si son inferiores serán vencidos por Eros y los dominará, de suerte que Eros, al dominar los placeres y deseos, será extraordinariamente templado. Y en lo que se refiere a valentía, a Eros “ni siquiera Ares puede resistir”, pues no es Ares quien domina a Eros, sino Eros a Ares —el amor por Afrodita, según se dice. dAhora bien, el que domina es superior al dominado y si domina al más valiente de los demás, será necesariamente el más valiente de todos. Así pues, se ha hablado sobre la justicia, la templanza y la valentía del dios; falta hablar sobre su sabiduría, pues, en la medida de lo posible, se ha de intentar no omitir nada. En primer lugar, para honrar también yo a mi arte, como Erixímaco al suyo, es el dios poeta tan hábil que incluso hace poeta a otro. En efecto, todo aquel a quien toque eEros se convierte en poeta, “aunque antes fuera extraño a las musas”.. De esto, precisamente, conviene que nos sirvamos como testimonio, de que Eros es, en general, un buen poeta en toda clase de creación artística. Pues lo que uno no tiene o no conoce, ni puede dárselo ni enseñárselo 197aa otro. Por otra parte, respecto a la procreación de todos los seres vivos, ¿quién negará que es por habilidad de Eros por la que nacen y crecen todos los seres? Finalmente, en lo que se refiere a la maestría en las artes, ¿acaso no sabemos que aquel a quien enseñe este dios resulta famoso e ilustre, mientras que a quien Eros no toque permanece oscuro? El arte de disparar el arco, la medicina y la adivinación los bdescubrió Apolo guiado por el deseo y el amor, de suerte que también él puede considerarse un discípulo de Eros, como lo son las Musas en la música, Hefesto en la forja, Atenea en el arte de tejer y Zeus en el de gobernar a dioses y hombres. Ésta es la razón precisamente por la cual también las actividades de los dioses se organizaron cuando Eros nació entre ellos —evidentemente, el de la belleza, pues sobre la fealdad no se asienta Eros—. Pero antes, como dije al principio, sucedieron entre los dioses muchas cosas terribles, según se dice, debido al reinado de la Necesidad, mas tan pronto como nació este dios, en virtud del amor a las cosas bellas, se han originado bienes de todas clases para dioses y hombres.

»De esta manera, Fedro, me parece que Eros, siendo él mismo, en cprimer lugar, el más hermoso y el mejor, es causa luego para los demás de otras cosas semejantes. Y se me ocurre también expresaros algo en verso, diciendo que es éste el que produce

la paz entre los hombres, la calma tranquila en alta mar,

el reposo de los vientos y el sueño en las inquietudes.

Él es quien nos vacía de extrañamiento y nos llena de intimidad, el dque hace que se celebren en mutua compañía todas las reuniones como la presente, y en las fiestas, en los coros y en los sacrificios resulta nuestro guía; nos otorga mansedumbre y nos quita aspereza; dispuesto a dar cordialidad, nunca a dar hostilidad; es propicio y amable; contemplado por los sabios, admirado por los dioses; codiciado por los que no lo poseen, digna adquisición de los que lo poseen mucho; padre de la molicie, de la delicadeza, de la voluptuosidad, de las gracias, del deseo y de la nostalgia; cuidadoso de los buenos, despreocupado de los malos; en la fatiga, en el miedo, en la nostalgia, en la palabra es el mejor piloto, defensor, camarada y salvador; gloria de todos, dioses y hombres; el más hermoso y mejor guía, al que debe seguir en su cortejo etodo hombre, cantando bellamente en su honor y participando en la oda que Eros entona y con la que encanta la mente de todos los dioses y de todos los hombres.

»Que este discurso mío, Fedro —dijo— quede dedicado como ofrenda al dios, discurso que, en la medida de mis posibilidades, participa tanto de diversión como de mesurada seriedad.

Dacier et Grou

Je vais donc établir d'abord le plan de mon discours, puis je commencerai.

«Il me semble que tous ceux qui ont parlé jusqu'ici ont moins loué l'Amour que félicité les hommes du bonheur que ce dieu leur procure ; mais quel est l'auteur de tant de biens ? personne ne l'a fait connaître. Et cependant la seule bonne manière de louer, c'est d'expliquer la nature de la chose en question et de développer les effets qu'elle produit. Ainsi, pour louer l'Amour, il faut dire d'abord quel il est, et parler ensuite de ses bienfaits. Je dis donc que, de tous les dieux, l'Amour, s'il est permis de le dire sans crime, est le plus heureux, parce qu'il est le plus beau et le meilleur. Il est le plus beau, car premièrement, Phèdre, il est le plus jeune des dieux ; et lui-même prouve bien ce que j'avance, puisque dans sa course il échappe à la vieillesse, bien qu'elle coure assez vite, comme on le voit, plus vite au moins qu'il ne le faudrait pour nous. L'Amour la déteste naturellement et s'en éloigne le plus possible ; mais il accompagne la jeunesse et se plaît avec elle, car l'ancienne maxime dit avec vérité que le semblable s'attache toujours à son semblable. Ainsi, tout en étant d'accord avec Phèdre sur beaucoup d'autres points, je ne saurais convenir avec lui que l'Amour soit plus ancien que Saturne et Japet. Je soutiens, au contraire, qu'il est le plus jeune des dieux, et qu'il est toujours jeune. Ces vieilles querelles des dieux que nous racontent Hésiode et Parménide, si tant est qu'elles soient vraies, ont eu lieu sous l'empire de la Nécessité, et non sous celui de l'Amour : car il n'y aurait eu parmi les dieux ni mutilations, ni chaînes, ni tant d'autres violences, si l'Amour eût été avec eux ; mais la paix et l'amitié les auraient unis comme maintenant, depuis que l'Amour règne sur eux. Il est donc certain qu'il est jeune, et de plus il est délicat. Mais il faudrait un poète tel qu'Homère pour exprimer la délicatesse de ce dieu. Homère dit qu'Até est déesse et délicate :

Ses pieds, dit-il, sont délicats ; car elle ne les a pose jamais à terre, mais elle marche sur la tête des hommes. C'est, je pense, prouver assez la délicatesse d'Até que de nous dire qu'elle ne s'appuie pas sur ce qui est dur, mais sur ce qui est doux. Je me servirai d'une preuve semblable pour montrer combien l'Amour est délicat. Il ne marche ni sur la terre ni sur des têtes, qui d'ailleurs ne présentent pas un point d'appui fort doux ; mais il marche et se repose sur les choses les plus tendres, car c'est dans les coeurs et dans les âmes des dieux et des hommes qu'il fait sa demeure. Et encore n'est-ce pas dans toutes les âmes, car il s'éloigne des coeurs durs et ne se repose que dans les coeurs tendres. Or, comme jamais il ne touche du pied ou de toute autre partie de son corps que la partie la plus délicate des êtres les plus délicats, il faut nécessairement qu'il soit d'une délicatesse extrême. Il est donc le plus jeune et le plus délicat des dieux. Il est en outre d'une essence subtile ; car il ne pourrait s'étendre de tous côtés, ni se glisser inaperçu dans toutes les âmes, et en sortir de même, s'il était d'une substance solide : et ce qui fait surtout reconnaître en lui une essence subtile et tempérée, c'est la grâce qui, de l'aveu commun, le distingue éminemment ; car l'amour et la laideur sont toujours en guerre. Comme il vit parmi les fleurs, on ne saurait douter de la fraîcheur de son teint. Et en effet l'Amour ne s'arrête jamais dans ce qui n'a point de fleurs ou dans ce qui n'en a plus, que ce soit un corps, ou une âme, ou tout autre chose, mais là où il trouve des fleurs et des parfums il se pose et demeure. On pourrait apporter beaucoup d'autres preuves de la beauté de ce dieu, mais celles-ci suffisent. Parlons de sa vertu. Le plus grand avantage de l'Amour, c'est qu'il ne peut recevoir aucune offense de la part des hommes ou des dieux, et que ni dieux ni hommes ne sauraient être offensés par lui ; car s'il souffre ou fait souffrir, c'est sans contrainte, la violence étant incompatible avec l'amour. C'est volontairement qu'on se soumet à l'Amour ; or, tout accord conclu volontairement, les lois, reines de l'Etat, le déclarent juste. Mais l'Amour n'est pas seulement juste, il est encore de la plus grande tempérance ; car la tempérance consiste à triompher des plaisirs et des passions : or est-il un plaisir au-dessus de l'Amour ? Si donc tous les plaisirs et toutes les passions sont au-dessous de l'Amour, il les domine ; et s'il les domine, il faut qu'il soit d'une tempérance incomparable. Quant à sa force, Mars lui-même ne peut l'égaler ; car ce n'est pas Mars qui possède l'Amour, mais l'Amour qui possède Mars, l'Amour de Vénus, disent les poètes : or celui qui possède est plus fort que celui qui est possédé ; et surmonter celui qui surmonte les autres, n'est-ce pas être le plus fort de tous ? Après avoir parlé de la justice, de la tempérance et de la force de ce dieu, reste à prouver son habileté. Tâchons, autant que possible, de ne pas être en défaut de ce côté. Pour honorer mon art, comme Eryximaque a voulu honorer le sien, je dirai que l'Amour est un poète si habile qu'il rend poète qui bon lui semble. On le devient en effet, fût-on auparavant étranger aux Muses, sitôt qu'on est inspiré par l'Amour ; ce qui prouve que l'Amour excelle à faire tous les ouvrages qui sont du ressort des Muses : car on n'enseigne point ce qu'on ignore, comme on ne donne point ce qu'on n'a pas. Pourrait-on nier que tous les êtres vivants ne soient l'ouvrage de l'Amour, sous le rapport de leur production et de leur naissance ? Et ne voyons-nous pas que, dans tous les arts, quiconque a reçu des leçons de l'Amour devient habile et célèbre, tandis qu'on demeure obscur quand on n'est pas inspiré par ce dieu ? C'est sous la conduite de l'Amour et de la passion qu'Apollon a découvert l'art de tirer de l'arc, la médecine et la divination : en sorte qu'on peut dire qu'il est le disciple de l'Amour, ainsi que les Muses pour la musique ; Vulcain, pour forger les métaux ; Minerve, pour l'art de tisser ; et Jupiter, pour l'art de gouverner les dieux et les hommes. Si donc la concorde a été rétablie parmi les dieux, il faut l'attribuer à l'Amour, c'est-à-dire à la beauté, car l'Amour ne s'attache pas à la laideur. Avant l'Amour, comme je l'ai dit au commencement, il s'était passé entre les dieux beaucoup de choses déplorables sous le règne de la Nécessité. Mais aussitôt que ce dieu naquit, de l'amour du beau jaillirent toutes sortes de biens sur les dieux et sur les hommes. Voilà pourquoi, Phèdre, il me semble que l'Amour est très beau et très bon, et que de plus il communique aux autres ces mêmes avantages. Je terminerai par un hommage poétique : c'est l'Amour qui donne

La paix aux hommes, le calme à la mer, le silence aux vents, un lit et le sommeil à la douleur. C'est lui qui rapproche les hommes, et les empêche d'être étrangers les uns aux autres ; principe et lien de toute société, de toute réunion amicale, il préside aux fêtes, aux choeurs, aux sacrifices. Il remplit de douceur et bannit la rudesse. Il est prodigue de bienveillance et avare de haine. Propice aux bons, admiré des sages, agréable aux dieux, objet des désirs de ceux qui ne le possèdent pas encore, trésor précieux pour ceux qui le possèdent, père du luxe, des délices, de la volupté, des doux charmes, des tendres désirs, des passions, il veille sur les bons et néglige les méchants. Dans nos peines, dans nos craintes, dans nos regrets, dans nos paroles, il est notre conseiller, notre soutien et notre sauveur. Enfin, il est la gloire des dieux et des hommes, le maître le plus beau et le meilleur ; et tout mortel doit le suivre et répéter en son honneur les hymnes dont il se sert lui-même pour répandre la douceur parmi les dieux et parmi les hommes. A ce dieu, ô Phèdre, je consacre ce discours, que j'ai entremêlé de propos légers et sérieux, aussi bien que j'ai pu le fait».

Quand Agathon eut fini son discours, tous les assistants applaudirent et déclarèrent qu'il avait parlé d'une manière digne du dieu et de lui. Après quoi Socrate s'étant tourné vers Eryximaque : - Eh bien, dit-il, fils d'Acumène, n'avais-je pas raison de craindre, et n'étais-je pas bon prophète, quand je vous annonçais qu'Agathon ferait un discours admirable et me jetterait dans l'embarras ? - Tu as été un bon prophète, répondit Eryximaque, en nous annonçant qu'Agathon parlerait bien, mais non, je pense, en prédisant que tu serais embarrassé. - Eh ! mon cher, reprit Socrate, qui ne serait embarrassé aussi bien que moi, ayant à parler après un discours si beau, si varié, admirable en toutes ses parties, mais principalement sur la fin, où les expressions sont d'une beauté si achevée qu'on ne saurait les entendre sans en être frappé ? Je me trouve si incapable de rien dire d'aussi beau que, me sentant saisi de honte, j'aurais quitté la place si je l'avais pu ; car l'éloquence d'Agathon m'a rappelé Gorgias, au point que, véritablement, il m'est arrivé ce que dit Homère : Je craignais qu'Agathon, en finissant, ne lançât en quelque sorte sur mon discours la tête de Gorgias, cet orateur terrible, et ne pétrifiât ma langue. J'ai reconnu en même temps combien j'étais ridicule lorsque je me suis engagé avec vous à célébrer à mon rang l'Amour, et que je me suis vanté d'être savant en amour ; moi qui ne sais comment il faut louer quoi que ce soit. En effet, jusqu'ici j'avais été assez simple pour croire qu'on ne devait faire entrer dans un éloge que des choses vraies ; que c'était là l'essentiel, et qu'il ne s'agissait plus ensuite que de choisir parmi ces choses les plus belles et de les disposer de la manière la plus convenable. J'avais donc grand espoir de bien parler, croyant savoir la vraie manière de louer. Mais il paraît que cette méthode ne vaut rien, et qu'il faut attribuer les plus grandes perfections à l'objet qu'on a entrepris de louer, qu'elles lui appartiennent ou non, la vérité ou la fausseté n'étant en cela d'aucune importance ; comme s'il avait été convenu, à ce qu'il paraît, que chacun de nous aurait l'air de faire l'éloge de l'Amour, mais ne le ferait pas en réalité. C'est pour cela, je pense, que vous attribuez à l'Amour toutes les perfections, et que vous le faites si grand et la cause de si grandes choses : vous voulez le faire paraître très beau et très bon, j'entends à ceux qui ne s'y connaissent pas, et non certes aux gens éclairés. Cette manière de louer est belle et imposante, mais elle m'était tout à fait inconnue, lorsque je vous ai donné ma parole. C'est donc ma langue et non mon coeur qui a pris cet engagement. Permettez-moi de le rompre, car je ne suis pas encore en état de vous faire un éloge de ce genre. Mais, si vous le voulez, je parlerai à ma manière, ne m'attachant qu'à dire des choses vraies, sans me donner ici le ridicule de prétendre disputer d'éloquence avec vous. Vois donc, Phèdre, s'il te convient d'entendre un éloge qui ne passera pas les bornes de la vérité, où il n'y aura de recherche ni dans les mots ni dans leur arrangement.

Cousin

« Il me semble que ceux qui ont parlé jusqu’ici ont moins loué l’Amour que félicité les hommes du bonheur qu’il leur donne ; mais le dieu même (195a) à qui on doit ce bonheur, nul ne l’a fait connaître. Et cependant la seule bonne manière de louer est d’expliquer quelle est la chose en question et quels effets elle produit. Ainsi dans cet éloge de l’Amour nous devons dire premièrement quel il est, et parler après de ses bienfaits.

Or, j’ose affirmer que de tous les dieux qui jouissent du suprême bonheur, l’Amour, s’il est permis de le dire sans crime, est le plus heureux, comme étant le plus beau et le meilleur. Je dis le plus beau, et voici (195b) pourquoi : d’abord, ô Phèdre, c’est qu’il est le plus jeune, et lui-même le prouve bien, puisque dans sa course il échappe à la vieillesse, qui pourtant, on le voit, court assez vite, plus vite au moins qu’il ne faudrait. L’Amour la déteste et se garde bien d’en approcher, même de loin ; mais il accompagne la jeunesse, il se plaît avec elle : car, suivant l’ancien proverbe, chacun s’attache à son semblable. Ainsi d’accord avec Phèdre sur d’autres choses qu’il a dites, je ne saurais convenir avec lui que l’Amour soit plus ancien que Saturne et Japet ; (195c) je soutiens au contraire qu’il est le plus jeune des dieux et qu’il est toujours jeune.

Ces vieilles querelles de l’Olympe que nous racontent hésiode et Parménide ont dû, si tant est qu’elles soient vraies, se passer plutôt sous l’empire de la nécessité que sous celui de l’Amour : car si l’Amour eût été avec les dieux il n’y eût eu parmi eux ni mutilations, ni chaînes, ni tant d’autres violences, mais la concorde et l’affection, comme depuis le règne de l’Amour. Il est donc certain qu’il est jeune, et de plus il est tendre et délicat. Mais il faudrait (195d) un Homère pour bien rendre toute la délicatesse de ce dieu. Homère dit d’Até, qu’elle est déesse et délicate :

Ses pieds sont délicats, et elle ne marche pas sur le sol,

Mais elle plane sur la tête des hommes.

C’est, je pense, prouver assez sa délicatesse qui ne peut souffrir un appui trop dur. (195e) Je me servirai pour l’Amour d’une preuve semblable. Il ne marche ni sur la terre ni sur des têtes qui déjà ne sont pas un point d’appui fort doux, mais il plane et se repose sur tout ce qu’il y a de plus tendre : car c’est dans les âmes des dieux et des hommes qu’il fait sa demeure. Et encore n’est-ce pas dans toutes les âmes indistinctement ; rencontre-t-il un cœur dur, il passe et ne s’arrête que dans un cœur tendre. Or, s’il ne touche jamais de son pied ou du reste de son corps que la partie la plus délicate des êtres les plus délicats, ne faut-il pas qu’il soit doué lui-même de la délicatesse la plus exquise ? (196a) Il est donc le plus jeune et le plus délicat des dieux ; j’ajoute qu’il est d’une essence toute subtile : autrement il ne pourrait pénétrer partout, se glisser inaperçu dans tous les cœurs et en sortir de la même manière. Et qui ne reconnaîtrait une subtile essence à la grâce qui, de l’aveu commun, distingue l’Amour ? Amour et laideur sont partout en guerre. Peut-on douter de la fraîcheur de son teint, lui qui ne vit que parmi les fleurs ? Jamais (196b) l’Amour ne se fixe dans rien de flétri, corps ou âme ; mais où il trouve des fleurs et des parfums, c’est là qu’il se plaît et qu’il s’arrête.

En voilà assez pour montrer la beauté de ce dieu, je tairai le reste pour parler de sa vertu. Son plus grand avantage est qu’il ne peut recevoir aucune offense de la part des hommes ni des dieux, et que ni dieux ni hommes ne sauraient être offensés par lui ; car s’il souffre ou s’il fait souffrir, c’est sans contrainte, la violence étant incompatible (196c) avec l’amour. Chacun se soumet à lui volontairement, et tout accord conclu librement et de gré à gré, les lois, reines de l’état, le déclarent juste.

Si l’Amour est juste il n’est pas moins tempérant ; car on convient que la tempérance consiste à dominer les plaisirs et les passions ; et est-il un plaisir qui ne soit au-dessous de l’amour?

Si donc l’Amour domine tous les autres plaisirs, pour être supérieur à tous les plaisirs et à toutes les passions, il faut qu’il soit doué d’une rare tempérance. (196d) Pour la force Mars lui-même ne le peut égaler ; car ce n’est point Mars qui est le maître de l’Amour, mais l’Amour qui est le maître de Mars, l’amour de Vénus, dit-on : or celui qui est le maître est plus fort que celui qui est maîtrisé ; et surmonter celui qui surmonte tous les autres n’est-ce pas être le plus fort de tous?

Nous avons parlé de la justice, de la tempérance et de la force de ce dieu, reste encore son habileté. Tâchons de ne point demeurer en arrière de ce côté. Afin donc que j’honore notre art comme. Éryximaque (196e) a fait le sien, je dirai que l’Amour est un poète si habile qu’il rend poète qui il veut. On le devient en effet, fût-on auparavant étranger aux Muses, sitôt qu’on est inspiré par l’Amour : ce qui prouve que l’Amour excelle dans tout ce qui regarde les Muses ; car on n’enseigne point ce qu’on ignore, et on ne donne point ce qu’on n’a pas.

Pourrait-on (197a) nier que tout ce qui a vie ne soit l’ouvrage de ce grand artiste ? Et ne voyons-nous pas dans tous les arts celui auquel il donne des leçons devenir célèbre et glorieux, tandis que celui qu’il n’inspire pas reste dans l’ombre ? C’est à la passion et à l’Amour qu’Apollon dut l’invention de la médecine, de la divination, de l’art de tirer de l’arc ; (197b) et l’on peut dire que l’Amour est le maître d’Apollon, comme des Muses pour la musique, de Vulcain pour l’art de forger les métaux, de Minerve pour l’art du tisserand, de Jupiter pour celui de gouverner les dieux et les hommes.

Ainsi, l’ordre a été établi parmi les dieux par l’Amour, c’est-à-dire par la beauté ; car jamais l’Amour ne s’attache à la laideur. Avant l’Amour, comme je l’ai dit au commencement, il était arrivé aux dieux beaucoup d’événements fâcheux sous la loi de la Nécessité ; mais aussitôt que l’Amour parut, l’amour du beau répandit tous les biens parmi les dieux et parmi les hommes. (197c) Voilà donc, ô Phèdre, comment l’Amour me semble d’abord très-beau et très-bon, et comment ensuite il communique aux autres ces mêmes avantages. Je terminerai par un hommage poétique : oui c’est l’Amour qui donne

La paix aux hommes, le calme à l’âme,

Le silence aux vents, un lit de repos et le sommeil à l’inquiétude.

(197d) « C’est l’Amour qui écarte les barrières qui rendent l’homme étranger à l’homme ; c’est lui qui les rapproche et les réunit en société. Il préside aux fêtes, aux chœurs, aux sacrifices. Il enseigne la douceur, bannit la rudesse, excite la bienveillance, arrête la haine. Favorable aux bons, admiré des sages, agréable aux dieux, objet des désirs de ceux qui ne le possèdent pas encore, trésor précieux de ceux qui le possèdent, père du bien-être, de la volupté, des délices, des agréments, des doux charmes, des tendres désirs, il veille sur les bons et néglige les méchants ; dans la peine, dans la crainte, dans le désir, et quand il s’agit (197e) de parler, c’est un conseiller, un guide, un sauveur. Enfin il est la gloire des dieux et des hommes, le maître le plus beau et le meilleur ; tout mortel doit le suivre, le célébrer, et répéter en son honneur les hymnes divins dont il se sert lui-même pour répandre la douceur dans les cieux et sur la terre. À ce dieu, ô Phèdre, je consacre ce discours entremêlé de propos légers et sérieux, aussi bien que j’ai pu le faire. »

Jowett

Very good, Phaedrus, said Agathon; I see no reason why I should not proceed with my speech, as I shall have many other opportunities of conversing with Socrates. Let me say first how I ought to speak, and then speak:—

The god Love should be praised on his own account, and not for the benefits which he confers upon mankind.Love is not old, but young and tender; The previous speakers, instead of praising the god Love, or unfolding his nature, appear to have congratulated mankind Jowett1892: 195on the benefits which he confers upon them. But I would rather praise the god first, and then speak of his gifts; this is always the right way of praising everything. May I say without impiety or offence, that of all the blessed gods he is the most blessed because he is the fairest and best? And he is the fairest: for, in the first place, he is the youngest, and of his youth he is himself the witness, fleeing out of the way of age, who is swift enough, swifter truly than most of us like:—Love hates him and will not come near him; but youth and love live and move together—like to like, as the proverb says. Many things were said by Phaedrus about Love in which I agree with him; but I cannot agree that he is older than Iapetus and Kronos:—not so; I maintain him to be the youngest of the gods, and youthful ever. The ancient doings among the gods of which Hesiod and Parmenides spoke, if the tradition of them be true, were done of Necessity and not of Love; had Love been in those days, there would have been no chaining or mutilation of the gods, or other violence, but peace and sweetness, as there is now in heaven, since the rule of Love began. Love is young and also tender; he ought to have a poet like Homer to describe his tenderness, as Homer says of Ate, that she is a goddess and tender:—

‘Her feet are tender, for she sets her steps, Not on the ground but on the heads of men:’ soft;fair;just;temperate;courageous;wise;a poet too, anda maker of poets;an artist, and creator of order;a peacemaker; herein is an excellent proof of her tenderness,—that she walks not upon the hard but upon the soft. Let us adduce a similar proof of the tenderness of Love; for he walks not upon the earth, nor yet upon the skulls of men, which are not so very soft, but in the hearts and souls of both gods and men, which are of all things the softest: in them he walks and dwells and makes his home. Not in every soul without exception, for where there is hardness he departs, where there is softness there he dwells; and nestling always with his feet and in all manner of ways in the softest of soft places, how can he be other than the softest of all things? Jowett1892: 196Of a truth he is the tenderest as well as the youngest, and also he is of flexile form; for if he were hard and without flexure he could not enfold all things, or wind his way into and out of every soul of man undiscovered. And a proof of his flexibility and symmetry of form is his grace, which is universally admitted to be in an especial manner the attribute of Love; ungrace and love are always at war with one another. The fairness of his complexion is revealed by his habitation among the flowers; for he dwells not amid bloomless or fading beauties, whether of body or soul or aught else, but in the place of flowers and scents, there he sits and abides. Concerning the beauty of the god I have said enough; and yet there remains much more which I might say. Of his virtue I have now to speak: his greatest glory is that he can neither do nor suffer wrong to or from any god or any man; for he suffers not by force if he suffers; force comes not near him, neither when he acts does he act by force. For all men in all things serve him of their own free will, and where there is voluntary agreement, there, as the laws which are the lords of the city say, is justice. And not only is he just but exceedingly temperate, for Temperance is the acknowledged ruler of the pleasures and desires, and no pleasure ever masters Love; he is their master and they are his servants; and if he conquers them he must be temperate indeed. As to courage, even the God of War is no match for him; he is the captive and Love is the lord, for love, the love of Aphrodite, masters him, as the tale runs; and the master is stronger than the servant. And if he conquers the bravest of all others, he must be himself the bravest. Of his courage and justice and temperance I have spoken, but I have yet to speak of his wisdom; and according to the measure of my ability I must try to do my best. In the first place he is a poet (and here, like Eryximachus, I magnify my art), and he is also the source of poesy in others, which he could not be if he were not himself a poet. And at the touch of him every one becomes a poet, 1 even though he had no music in him before 1 ; this also is a proof that Love is a good poet and accomplished in all the fine arts; for no one can give to another that which he has not himself, or teach that of which he has no knowledge. Who will deny that the creation of the animals is his doing? Are they not all the works of his Jowett1892: 197wisdom, born and begotten of him? And as to the artists, do we not know that he only of them whom love inspires has the light of fame?—he whom Love touches not walks in darkness. The arts of medicine and archery and divination were discovered by Apollo, under the guidance of love and desire; so that he too is a disciple of Love. Also the melody of the Muses, the metallurgy of Hephaestus, the weaving of Athene, the empire of Zeus over gods and men, are all due to Love, who was the inventor of them. And so Love set in order the empire of the gods—the love of beauty, as is evident, for with deformity Love has no concern. In the days of old, as I began by saying, dreadful deeds were done among the gods, for they were ruled by Necessity; but now since the birth of Love, and from the Love of the beautiful, has sprung every good in heaven and earth. Therefore, Phaedrus, I say of Love that he is the fairest and best in himself, and the cause of what is fairest and best in all other things. And there comes into my mind a line of poetry in which he is said to be the god who

‘Gives peace on earth and calms the stormy deep, Who stills the winds and bids the sufferer sleep.’ a saviour;best and brightest. This is he who empties men of disaffection and fills them with affection, who makes them to meet together at banquets such as these: in sacrifices, feasts, dances, he is our lord—who sends courtesy and sends away discourtesy, who gives kindness ever and never gives unkindness; the friend of the good, the wonder of the wise, the amazement of the gods; desired by those who have no part in him, and precious to those who have the better part in him; parent of delicacy, luxury, desire, fondness, softness, grace; regardful of the good, regardless of the evil: in every word, work, wish, fear—saviour, pilot, comrade, helper; glory of gods and men, leader best and brightest: in whose footsteps let every man follow, sweetly singing in his honour and joining in that sweet strain with which love charms the souls of gods and men. Such is the speech, Phaedrus, half–playful, yet having a certain measure of seriousness, which, according to my ability, I dedicate to the god.

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