| No hemos de admitir por esto que se den varias inteligencias, una de las cuales piense, y la otra que piense que piensa. Porque, aun admitiendo que pensar y pensar que se piensa son cosas diferentes, la impresión que tiene la inteligencia de sus propios actos es una sola. Ridículo parece admitir eso en una inteligencia verdadera, ya que es la misma, en absoluto, la inteligencia que piensa y la que piensa que piensa. Si así no fuese, contaríamos con una inteligencia que sólo piensa y con otra que piensa que la primera inteligencia piensa; pero una y otra serían diferentes. ¿Y si admitiésemos la distinción de razón? Entonces se abandonaría de antemano la multiplicidad de las hipóstasis. Por otra parte, conviene examinar, incluso desde el punto de vista de una distinción de razón, si cabe tomar en cuenta una inteligencia que sólo piense y que en sí misma no tiene conciencia de ello. Lo cual no podría producirse en nosotros mismos, que somos siempre conocedores de nuestros impulsos y de nuestros pensamientos, ya que, en cualquier otra circunstancia, se nos calificaría de insensatos. Cuando la verdadera inteligencia piensa en sus pensamientos se piensa verdaderamente a si misma y no piensa en algo inteligible que provenga de fuera; su objeto de pensamiento es ella misma y, necesariamente, al pensarse, habrá de poseerse y de verse a sí misma; al verse, además, se ve no como irreflexiva, sino como inteligente. De modo que en el primer acto de pensar se contiene ya el pensamiento de que piensa, lo cual es una sola cosa, que no cabria desdoblar, ni aun con distinción de razón. Y, por lo demás, si la inteligencia siempre está pensando lo que es, ¿qué lugar habrá para esa distinción de razón entre el acto de pensar y el acto de pensar que piensa? Podría introducirse así, añadida a la segunda inteligencia que piensa que la primera piensa, una tercera y nueva inteligencia que dijese pensar que la segunda piensa que la primera piensa, lo cual nos enredaría aún más en una cadena absurda. ¿Por qué, entonces, no proseguir de este modo hasta el infinito? Cuando hacemos que la razón provenga de la inteligencia, y luego que de ella se origine otra razón en el alma, para que la primera razón resulte algo intermedio entre el alma y la inteligencia, privamos al alma del pensamiento, si es que ella recibe la razón no de la inteligencia, sino de otra razón intermedia entre ella misma y la inteligencia. He aquí que tendrá una imagen de la razón, pero no la verdadera razón; no conocerá en modo alguno la inteligencia, ni siquiera pensará. | No hemos de admitir por esto que se den varias inteligencias, una de las cuales piense, y la otra que piense que piensa. Porque, aun admitiendo que pensar y pensar que se piensa son cosas diferentes, la impresión que tiene la inteligencia de sus propios actos es una sola. Ridículo parece admitir eso en una inteligencia verdadera, ya que es la misma, en absoluto, la inteligencia que piensa y la que piensa que piensa. Si así no fuese, contaríamos con una inteligencia que sólo piensa y con otra que piensa que la primera inteligencia piensa; pero una y otra serían diferentes. ¿Y si admitiésemos la distinción de razón? Entonces se abandonaría de antemano la multiplicidad de las hipóstasis. Por otra parte, conviene examinar, incluso desde el punto de vista de una distinción de razón, si cabe tomar en cuenta una inteligencia que sólo piense y que en sí misma no tiene conciencia de ello. Lo cual no podría producirse en nosotros mismos, que somos siempre conocedores de nuestros impulsos y de nuestros pensamientos, ya que, en cualquier otra circunstancia, se nos calificaría de insensatos. Cuando la verdadera inteligencia piensa en sus pensamientos se piensa verdaderamente a si misma y no piensa en algo inteligible que provenga de fuera; su objeto de pensamiento es ella misma y, necesariamente, al pensarse, habrá de poseerse y de verse a sí misma; al verse, además, se ve no como irreflexiva, sino como inteligente. De modo que en el primer acto de pensar se contiene ya el pensamiento de que piensa, lo cual es una sola cosa, que no cabria desdoblar, ni aun con distinción de razón. Y, por lo demás, si la inteligencia siempre está pensando lo que es, ¿qué lugar habrá para esa distinción de razón entre el acto de pensar y el acto de pensar que piensa? Podría introducirse así, añadida a la segunda inteligencia que piensa que la primera piensa, una tercera y nueva inteligencia que dijese pensar que la segunda piensa que la primera piensa, lo cual nos enredaría aún más en una cadena absurda. ¿Por qué, entonces, no proseguir de este modo hasta el infinito? Cuando hacemos que la razón provenga de la inteligencia, y luego que de ella se origine otra razón en el alma, para que la primera razón resulte algo intermedio entre el alma y la inteligencia, privamos al alma del pensamiento, si es que ella recibe la razón no de la inteligencia, sino de otra razón intermedia entre ella misma y la inteligencia. He aquí que tendrá una imagen de la razón, pero no la verdadera razón; no conocerá en modo alguno la inteligencia, ni siquiera pensará. |