27,10 (IV, 3, 10) — RELAÇÃO ENTRE IMAGEM E MODELO, ENTRE SENSÍVEL E INTELIGÍVEL
Míguez
10. Luego de haber escuchado esto conviene volver a la idea de que el universo es siempre tal cual es, tomando con él todas las cosas, como el aire, la luz y el sol, o la luna, la luz y de nuevo el sol, que se dan todos ellos a la vez, salvo que el uno (el sol) ocupa el primer lugar, la otra (la luz), el segundo, y la última (la luna), el tercero. Así podemos imaginar al alma, luego a las cosas que primero la siguen y, por último, a las que vienen a continuación. Son éstas como las últimas luces de un fuego, posteriores en todo a él y provenientes de la sombra de este último fuego inteligible; pero esta sombra se ilumina y surge como una forma que la cierra, que es la oscuridad total y primera. Todo ello queda ordenado racionalmente por el alma, la cual posee en sí misma la potencia de ordenar la oscuridad según razones determinadas. Es lo que ocurre igualmente con las razones seminales, que modelan e informan a los seres animados como si fueran pequeños mundos.
Lo que tiene relación con el alma es modelado según lo pide naturalmente su misma sustancia; pero el alma no actúa con reflexión extraña, ni esperando pacientemente determinación o encuesta natural, sino producto de una técnica importada. Mas el arte es posterior a la naturaleza y, aunque la imita, lo hace con imitaciones oscuras y muy débiles, con juguetes de poco valor, no obstante las numerosas máquinas de que se sirve para la producción de esas imágenes. El alma es señora de los cuerpos por la misma potencia de su ser; los hace nacer y los conduce al estado que desea, sin que los cuerpos puedan oponerse en un principio a su voluntad. Posteriormente, estos mismos cuerpos se interponen con frecuencia y se ven privados así de alcanzar la forma propia a la que apunta, aunque todavía en germen, la razón de cada uno. Digamos que la forma del universo es producida por el alma y que, con esta ordenación, nacen a la vez todas las cosas sin esfuerzo alguno. Lo que es producido de esta manera, y libre naturalmente de todo impedimento, habrá de resultar bello. Ahí se han construido por el alma santuarios para los dioses, moradas para los hombres y todos los demás objetos para los otros seres; porque, ¿qué otra cosa podría venir del alma que no fuese precisamente lo que ella tiene posibilidad de hacer? Si el poder del fuego es el calor y el de algún otro cuerpo el enfriamiento, el poder del alma debe considerarse en dos sentidos: o ejerciéndose sobre otro ser o actuando sobre ella misma. En cuanto a los seres inanimados su acción es cual un sueño, si no sale de ellos mismos; y, si realmente tiende a otra cosa, hará semejante a ella todo aquello que pueda recibirla. Porque es algo común a cualquier ser el hacer que los otros se le semejen. La acción del alma — y nos referimos aquí a la que permanece en su interior — se mantiene siempre tan despierta como la que se ejerce sobre otra cosa. Produce la vida en todos aquellos seres que, por sí mismos, no la poseerían, y hace además que esa vida sea en un todo semejante a la suya. Como vive en la razón, da también al cuerpo una razón que es imagen de la que ella tiene — porque todo lo que da al cuerpo es una imagen de su vida — y todas aquellas formas de los cuerpos cuyas razones ella posee. Pero, como ella posee (las razones) de los dioses y de todas las cosas, habrá que admitir que las posee igualmente el universo.
Igal
[10] Una vez oída esta explicación, es menester retornar a lo que existe siempre del mismo modo99. Supongamos que todas las cosas están juntas100, es decir, que el aire, la luz y el sol, o mejor, que la luna, la luz y nuevamente el sol101 están todos juntos pero manteniendo su rango de primero, segundo y tercer orden102, [5] y que el alma está ahí establemente por siempre supuesto que las cosas de primer orden y las siguientes son como la franja extrema de un fuego, ya que lo primero que de esa franja extrema surge más tarde es concebido como la sombra del fuego y, a continuación, también ésta se sobreilumina juntamente de modo que sobre la sombra proyectada, que inicialmente era totalmente oscura, se difunda una especie de forma.
[10] El orden iba surgiendo conforme a un plan racional por la potencia del Alma, que está intrínsecamente dotada y penetrada toda ella de una potencia para poner orden conforme a un plan racional análogamente a como las razones seminales modelan los seres vivientes y los estructuran como una especie de microcosmos. Porque todo cuanto entra en contacto con el Alma es elaborado conforme al modo natural de la esencia del Alma. Ahora bien, el Alma no produce en virtud de un pian [15] adventicio ni tras estar a la espera de una volición o una reflexión. Si produjera así, no produciría conforme a la naturaleza, sino conforme a un arte adventicio. Porque el arte es posterior a la naturaleza e imita a ésta produciendo copias desvaídas y endebles —una especie de juguetes y no de mucho valor—, sirviéndose de numerosas herramientas para formar una imagen de la naturaleza. El Alma, en cambio, manda en los cuerpos [20] en virtud de su esencia haciendo que se originen y adquieran el modo de ser que les impone ella misma, sin que los cuerpos primitivos puedan oponerse a su voluntad. Porque, entre los posteriores, sí hay cuerpos que, obstaculizándose a menudo unos a otros, se ven privados de conseguir su forma apropiada, que es la forma querida por la razón latente en un germen diminuto. En aquéllos, en cambio, como su forma surge y [25] surge íntegra por obra del Alma y como, a la vez, las cosas originadas guardan un orden, de ahí que el producto resulte hermoso sin esfuerzo y sin obstáculos.
En el interior del cosmos, el Alma constituyó unos cuerpos como estatuas de dioses, otros como moradas de hombres y otros como otras sedes para otra clase de seres. Porque ¿qué resultado cabía esperar del Alma sino aquel que es capaz de producir? Pues lo [30] propio del fuego es calentar, y lo propio de otro cuerpo, enfriar; mas la actividad propia del Alma es de dos clases: una interna y otra externa dirigida a otro106. Efectivamente, en los seres inanimados, la actividad interna y latente está como dormida, mientras que la externa y dirigida a otro consiste en hacer semejante a sí mismo a aquello que sea capaz de experimentar su influjo. [35] Ahora bien, esta potencia para asemejar a sí mismo es común a todos los seres. Mas en el Alma tanto la actividad interna como la dirigida a otro están igualmente despiertas. Así pues, el Alma hace que vivan las otras cosas, o sea, todas las que no viven por sí mismas, y que vivan una vida tal que sea conforme a la que vive ella misma. Viviendo, pues, ella en una razón, comunica al cuerpo una razón, imagen de la que ella posee [40] —ya que cuanto comunica al cuerpo no es más que una imagen de vida—, y también las conformaciones somáticas cuyas razones ella posee. Posee asimismo razones de dioses108 y de todas las cosas. Por eso también el cosmos posee todas las cosas
Bouillet
X. Maintenant, revenons à ce qui a toujours été ce qu’il est. Embrassons par la pensée tous les êtres, comme l’air, la lumière, le soleil, la lune. Représentons-nous encore le soleil, la lumière, etc., comme étant toutes choses, sans oublier toutefois qu’il y a des choses qui occupent le premier rang, d’autres le second ou le troisième. Au sommet de cette série des êtres, concevons l’Âme universelle subsistant éternellement. Plaçons ensuite ce qui tient le premier rang après elle, et continuons ainsi jusqu’à ce que nous arrivions aux choses qui occupent le dernier rang, et qui sont en quelque sorte les dernières lueurs de la lumière que répand l’Âme ; représentons-nous ces choses comme une étendue d’abord ténébreuse, puis illuminée par la forme qui vient s’ajouter à un fond primitivement obscur. Ce fond est embelli par la Raison en vertu de la puissance que l’Âme universelle tout entière a par elle-même d’embellir la matière au moyen des raisons, comme les raisons séminales (οἱ ἐν σπέρματι λόγοι) façonnent et forment elles-mêmes les animaux et en font de petits mondes (μιϰροὶ ϰόσμοι). L’Âme donne à tout ce qu’elle touche une forme selon sa nature ; elle produit sans conception adventice, sans les lenteurs de la délibération ni celles de la détermination volontaire. Sinon, elle n’agirait plus selon sa nature, mais selon les préceptes d’un art emprunté. L’art en effet est postérieur à la nature : il l’imite en produisant d’obscures et faibles imitations de ses œuvres, des jouets sans prix ni mérite, et il emploie d’ailleurs un grand appareil de machines pour produire ces images[63]. L’Âme universelle, au contraire, dominant les corps par la vertu de son essence, les fait devenir et être ce qu’elle veut : car les choses mêmes qui existent depuis le commencement ne peuvent opposer de résistance à sa volonté. Souvent, dans les choses inférieures, par suite de l’obstacle qu’elles se font les unes aux autres, la matière ne reçoit pas la forme propre que la raison [séminale] contient en germe[64]. Mais, comme l’Âme universelle produit la forme universelle, et que toutes choses y sont coordonnées ensemble, l’œuvre est belle parce qu’elle est réalisée sans peine ni obstacle. Il y a dans l’univers des temples pour les dieux, des maisons pour les hommes, et d’autres objets adaptés aux besoins des autres êtres. Que pouvait en effet créer l’Âme, sinon ce qu’elle a la puissance de créer ? Comme le feu échauffe, comme la neige refroidit[65], l’Âme agit tantôt en elle-même, tantôt hors d’elle-même et sur d’autres objets. L’action que les êtres inanimés tirent d’eux-mêmes sommeille en quelque sorte en eux[66], et celle qu’ils exercent sur les autres consiste à rendre semblable à eux-mêmes ce qui peut pâtir. C’est en effet le caractère commun de tout être de rendre le reste semblable à soi. Quant à l’Âme, la puissance qu’elle a d’agir soit en elle, soit sur les autres choses, est une faculté vigilante. Elle communique la vie aux êtres qui ne l’ont point par eux-mêmes, et la vie qu’elle leur communique est semblable à sa propre vie. Or, vivant dans la Raison, elle donne au corps une raison, qui est une image de celle qu’elle-même possède : en effet, ce qu’elle communique aux corps est une image de la vie. Elle leur donne également les formes (μορφαὶ) dont elle possède les raisons. Or, elle possède les raisons de toutes choses, même des dieux[67]. C’est pourquoi le monde contient toutes choses.
Bréhier
10. — Après cet exposé, il faut revenir à l’idée que l’univers est éternellement tel qu’il est, et saisir tout à la fois ; ainsi l’air, la lumière et le soleil ; ou la lune, la lumière et le soleil ; ils sont tous trois ensemble, mais l’un [le soleil d’où émane la lumière] est au premier rang, l’autre [la lumière qui émane] au second rang, et l’autre [la lune ou l’air éclairé] au troisième ; imaginons aussi l’âme toujours subsistante, ensuite les choses qui viennent les premières après elle, et celles qui viennent à leur suite ; elles sont comme les dernières lueurs d’un feu, postérieures à lui, et issues de l’obscurcissement de ce dernier feu intelligible qui est l’âme. Puis cette obscurité est éclairée, et il y a comme une forme qui flotte sur ce fond, qui est l’obscurité complète et l’obscurité première ; ce fond ténébreux est ordonné par l’âme selon la raison ; l’âme, dans sa totalité, possède en elle la puissance [77] d’ordonner ces ténèbres suivant des raisons ; de même les raisons séminales façonnent et informent les animaux qui sont comme de petits mondes. Ce qui est en contact avec l’âme est façonné conformément aux caractères que possède naturellement la substance de l’âme ; mais l’âme agit sans réflexion adventice, et sans attendre d’avoir délibéré et examiné ; une action délibérée ne serait pas une action naturelle, mais impliquerait un art adventice. Or l’art est postérieur à la nature, il l’imite et ne produit que des imitations effacées et sans force, des jouets méprisables, malgré toutes les machines dont il se sert pour les produire. L’âme, par la puissance de son être, est maîtresse des corps, elle les fait naître et les amène à l’état qu’il lui plaît, et ils n’ont pas, au début, le pouvoir de s’opposer à sa volonté. Plus tard, sans doute, ils s’entre-empêchent souvent les uns les autres, et sont ainsi privés d’atteindre la forme propre à laquelle vise la raison en germe dans chacun ; mais d’abord, la forme de l’univers, dans sa totalité, est produite par l’âme ; toutes les choses naissent ensemble sans effort avec leur ordonnance ; et le produit, ne rencontrant pas d’obstacles, possède la beauté. L’âme y a construit des sanctuaires pour les dieux, des demeures pour les hommes, et d’autres objets pour les autres êtres. Qu’est-ce qui doit venir de l’âme, sinon les choses qu’elle a le pouvoir de faire ? Le pouvoir du feu est d’échauffer, et celui d’un autre corps est de refroidir ; mais le pouvoir de l’âme est double ; il s’exerce sur autre chose, ou il s’exerce en elle-même. L’action qui part des êtres inanimés sommeille en quelque sorte, quand elle reste en eux-mêmes ; quand elle s’exerce sur autre chose, elle rend semblable à l’agent ce qui est capable de subir son influence ; c’est d’ailleurs un caractère commun à tout être actif d’amener les autres à leur ressembler. Mais l’action de l’âme, même celle qui reste intérieure à elle-même, est aussi vigilante que celle qui s’exerce sur autre chose. Donc elle fait vivre les choses qui, d’elles-mêmes, ne possèdent pas la vie, et elle les fait vivre d’une vie semblable à la sienne. Vivant dans la raison, elle donne au corps une raison, qui est une image de celle qu’elle possède ; tout ce qu’elle donne au corps est une image de sa vie ; elle donne au corps toutes les formes dont elle possède les raisons ; or elle possède les raisons des dieux comme de toutes choses ; donc le monde contient toutes choses.
Guthrie
THE WORLD-SOUL PROGRESSIVELY INFORMS ALL THINGS.
10. Now let us return to that which has always been what it is. Let us, in thought, embrace all beings: air, light, sun, and moon. Let us then consider the sun, the light, and so forth, as being all things, without ever forgetting that there are things that occupy the first rank, others the second, or the third. Let us, at the summit of this series of beings, conceive of the universal Soul as subsisting eternally. Let us then posit that which holds the first rank after her, and thus continue till we arrive at the things that occupy the last rank, and which, as it were, are the last glimmerings of the light shed by the soul. Let us represent these things as an extension first dark, and then later illuminated by the form which comes to impress itself on an originally dark background. This background is embellished by reason in virtue of the entire universal Soul's independent power of embellishing matter by means of reasons, just as the “seminal reasons” themselves fashion and form animals as microcosms. According to its nature, the Soul gives a form to everything she touches. She produces without casual conception, without the delays of deliberation, or of those of voluntary determination. Otherwise, she would not be acting according to her nature, but according to the precepts of a borrowed art. Art, indeed, is posterior to nature. Art imitates by producing obscure and feeble imitations of nature's works, toys without value or merit; and besides, art makes use of a great battery of apparatus to produce these images. On the contrary, the universal Soul, dominating bodies by virtue of her nature (“being”) makes them become and be what she desires; for the things themselves that exist since the beginning cannot raise resistance to her will. In inferior things, as the result of mutual obstruction, matter does not receive the exact form that the (“seminal) reason” contains in germ. But as the universal Soul produces the universal form, and as all things are therein co-ordinated, the work is beautiful because it is realized without trouble or obstacle. In the universe there are temples for the divinities, houses for men, and other objects adapted to the needs of other beings. What indeed could the Soul create if not what she has the power to create? As fire warms, as snow cools, the soul acts now within herself, and then outside of herself, and on other objects. The action which inanimate beings elicit from themselves slumbers, as it were, within them; and that which they exert on others consists in assimilating to themselves that which is capable of an experience. To render the rest similar to itself, is indeed the common characteristic of every being. The soul's power of acting on herself and on others is a vigilant faculty. It communicates life to beings who do not have it in themselves, and the life communicated to them is similar to the life of the soul herself. Now as the soul lives in reason, she imparts a reason to the body, which reason is an image of the one she herself possesses. Indeed, what she communicates to the bodies is an image of life. She also imparts to them the shapes whose reasons she contains. Now as she possesses the reasons of all things, even of the divinities, the world contains all things.
MacKenna
10. In view of all this we must now work back from the items to the unit, and consider the entire scheme as one enduring thing.
We ascend from air, light, sun — or, moon and light and sun — in detail, to these things as constituting a total — though a total of degrees, primary, secondary, tertiary. Thence we come to the [kosmic] Soul, always the one undiscriminated entity. At this point in our survey we have before us the over-world and all that follows upon it. That suite [the lower and material world] we take to be the very last effect that has penetrated to its furthest reach.
Our knowledge of the first is gained from the ultimate of all, from the very shadow cast by the fire, because this ultimate [the material world] itself receives its share of the general light, something of the nature of the Forming-Idea hovering over the outcast that at first lay in blank obscurity. It is brought under the scheme of reason by the efficacy of soul whose entire extension latently holds this rationalizing power. As we know, the Reason-Principles carried in animal seed fashion and shape living beings into so many universes in the small. For whatsoever touches soul is moulded to the nature of soul’s own Real-Being.
We are not to think that the Soul acts upon the object by conformity to any external judgement; there is no pause for willing or planning: any such procedure would not be an act of sheer nature, but one of applied art: but art is of later origin than soul; it is an imitator, producing dim and feeble copies — toys, things of no great worth — and it is dependent upon all sorts of mechanism by which alone its images can be produced. The soul, on the contrary, is sovereign over material things by might of Real-Being; their quality is determined by its lead, and those elementary things cannot stand against its will. On the later level, things are hindered one by the other, and thus often fall short of the characteristic shape at which their unextended Reason-Principle must be aiming; in that other world [under the soul but above the material] the entire shape [as well as the idea] comes from soul, and all that is produced takes and keeps its appointed place in a unity, so that the engendered thing, without labour as without clash, becomes all that it should be. In that world the soul has elaborated its creation, the images of the gods, dwellings for men, each existing to some peculiar purpose.
Soul could produce none but the things which truly represent its powers: fire produces warmth; another source produces cold; soul has a double efficacy, its act within itself, and its act from within outwards towards the new production.
In soulless entities, the outgo [natural to everything] remains dormant, and any efficiency they have is to bring to their own likeness whatever is amenable to their act. All existence has this tendency to bring other things to likeness; but the soul has the distinction of possessing at once an action of conscious attention within itself, and an action towards the outer. It has thus the function of giving life to all that does not live by prior right, and the life it gives is commensurate with its own; that is to say, living in reason, it communicates reason to the body — an image of the reason within itself, just as the life given to the body is an image of Real-Being — and it bestows, also, upon that material the appropriate shapes of which it contains the Reason-Forms.
The content of the creative soul includes the Ideal shapes of gods and of all else: and hence it is that the kosmos contains all.
